El caballito

Eduardo M. Lázaro

Es medio día. El sol cae a plomo sobre las calles pavimentadas. Vertical e inclemente.

Dentro de la comodidad de mi auto, observo indiferente el ir y venir de los transeúntes mientras espero. Faltan todavía unos minutos para la cita con mi cliente, miro mi reloj y bostezo.

Frente a mí, al otro lado de la acera hay un comercio, y fuera de él, un caballito mecánico para diversión de los chiquillos.

De pronto llegan corriendo dos niñas pequeñas y se dirigen hacia el caballito, con miradas de asombro y emoción en sus caritas morenas. Tocan al caballito de metal y lo acarician. Voltean a ver a su madre con miradas suplicantes.

Su madre las observa por unos instantes, por fin asiente y saca unas monedas de entre sus ropas.

La niña más grande, como de unos siete años salta y sube primero al caballito, pero inmediatamente se detiene y voltea ver a su hermanita que la mira desde abajo. Baja del caballito y le cede su lugar ayudándole a subir al juguete.

Cuando inicia el movimiento la cara de ambas chiquillas se transforma completamente y ríen a carcajadas. Divertidas y emocionadas, contagian a la madre que las observa desde una distancia prudente. Después de un minuto cuando termina el ciclo del caballito mecánico, sube la hermana mayor y disfruta de un paseo imaginario con otra moneda que la madre ha introducido en la caja de metal.

Todo se suspende: el tiempo, las sombras, el sol. Yo observo como un intruso. Alguien que se ha inmiscuido en su alegría, que ha irrumpido en su gozo sin ser invitado.

Por unos instantes, las niñas se han olvidado de su ropa rasgada y mugrosa, de sus pies descalzos, de sus caritas sucias, de su hambre...

Por unos instantes han sido simplemente niñas.

La madre se aleja con sus hijas y continúan su camino arrastrando su miseria.

Ya debería estar aquí

Eduardo M. Lázaro

Ya debería estar aquí Lucio. No entiendo por qué se tarda tanto. Ha de ser porque no encuentra un taller mecánico. ¿O se quedaría a comer algo en Punta Prieta? A lo mejor…

No, pero ya sabía que lo iba a estar esperando. Quedamos en que yo no me iba a mover de aquí por si regresaba. Pero ya es mucho tiempo, ¿qué le pasaría?

Y para colmo este calorón, y todavía se le ocurre llevarse la única botella de agua.

Pero si le dije que mejor nos fuéramos en el camión de las tres, pero insistió en salir en esta carcacha. Ya me imaginaba que nos iba a dejar tirados en cualquier lado.

Y luego se le ocurre llevarse la maleta con el dinero, dizque para que no me la roben. Pero, quién me la va a robar, si por aquí no pasa nadie. Nomás el camión de pasajeros de las tres, pero ya hace como dos horas que pasó.

No, pos Lucio no tiene para cuando. Y aquí la mensa esperando. Mejor me hubiera ido con él. Pero insistió en que él sólo podía ir más rápido. Pos sí tenía razón, con éstos zapatos de tacón, no iba a llegar muy lejos. Y ya por las prisas ni me traje mis otros zapatos, los bajitos. Y ahora que me acuerdo ni la ropa que tenía en el lazo. Un par de calzones y un sostén nuevo. No le hubiera hecho caso, total, el dinero ya lo teníamos y no se iban a dar cuenta hasta mañana, ya para entonces habríamos llegado por lo menos a Tecate. Y de ahí al norte.

Ah, que calor hace y no hay ni dónde meterse. Puro méndigo desierto, cardón y piedras, ninguna casita o ranchito. Ni siquiera una brecha o algo en dónde pedir ayuda.

Allá se va algo que viene, un puntito negro. ¿Será Lucio…?

Por un pinche cigarro

Eduardo M. Lázaro

Ya era tarde cuando lo trajeron, tenía el terror reflejado en su rostro. Se le notaba la muerte en sus ojos apagados y apenas brillaba una lucecita allá muy dentro.

Ni siquiera saludó. Solamente se quedó ahí, parado mirando para afuera por entre los barrotes de la ventana, con la mirada extraviada y los hombros caídos.

Traía un uniforme de gendarme color caqui, deslavado y sucio. Era raro ver a alguien de su condición en una prisión. Su figura era enjuta y seca. Con un pequeño bigote ralo en los extremos de la comisura de sus labios delgados. No tendría más de cuarenta años, pero parecía un viejo.

Me le acerqué y le ofrecí un cigarro con un ademán. Él, al verlo se sobresaltó y me miró con más terror en su rostro moreno. Volví a hacer el mismo ademán con la cajetilla de cigarros, y entonces vacilante tomó uno. Le temblaban las manos.

Le encendí el cigarro y le di su tiempo. Me fui al catre y me eché para observarlo disimuladamente, mientras me fumaba mi propio cigarro.

Poco a poco se fue calmando conforme consumía el cigarro. Al poco tiempo vi que ya estaba dispuesto a hablar. Entonces le pregunté:

—Por qué te trajeron.

—Maté un hombre- me dijo con voz cansada, sin voltear a mirarme.

—Qué pasó

El hombre se acercó y me pidió otro cigarro.

—Hace unos días agarramos a Gumersindo Mojica, ¿lo conoce?

—No

—Bueno, pos era un hijo bastardo de Don Eliodoro Lozano, uno de los hombres más ricos e influyentes del pueblo.

—Ah, sí lo conozco

—Pos resulta que Gume, se robó unas vacas del rancho Los Colomitos, y ya era como la tercera o cuarta vez en el año que lo hacía. La primera vez se robó un caballo de don Pedro Correa y estuvo encerrado tres días, pero su papá pagó una fianza y lo dejaron libre. Así pasó con las otras veces. Más tardaba en entrar al bote, que en salir como si nada.

Esta vez, me dijo el Presidente munecipal que le diéramos una escarmentadita, que ya estaba güeno de tanta robadera y que no podía seguir haciendo de las suyas así como así.

Como yo era el comandante, pos me dije; vamos a darle una asustadita a Gume, pa’ que se deje de tarugadas.

Así es que me lo llevé al monte junto con mis dos ayudantes. Le amarramos las manos por detrás. El iba rete asustado en la mula, pelando los ojos y preguntándonos que qué le íbamos a hacer, que adónde lo llevábamos…

Ya verás le decíamos, pa’ que aprendas…

Llegamos al potrero de los Mejía y nos juimos derecho a una guásima grande, que estaba en el fondo del potrero. Pasamos la soga por una rama y la amarramos al pescuezo de Gume. Él nomás nos pelaba los ojos y gritaba que no, que no lo volvería a hacer, que para sustos ya estaba güeno

Cuando estuvimos listos les dije a los muchachos que le quitaran la bestia, pa’ que se quedara colgado. Los muchachos ya sabían que nomás le íbamos a dar un susto, así que se reían a carcajadas mientras Gume daba de pataditas al aire ahí colgado como badajo. Feliciano, uno de mis ayudantes me dijo que ya estaba güeno, que lo bajáramos. Le dije que nomás me iba a acabar el cigarro.

Así fue, después de que pisé la colilla les dije que lo bajaran. Pero Gume ya no se movía. Con la lengua de fuera y los ojos en blanco ya se había puesto morado. Se había hecho en los pantalones y apestaba. Entonces me asusté. Se trataba nomás de darle un escarmiento, pero se nos había muerto. Como pudimos lo trajimos a la presidencia tapado con unos costales de iste para que la gente no lo viera. Cuando el presidente supo, casi me pega un tiro, estaba muy enojado y me dijo:

—Como eres pendejo Reyes, por qué dejaste que se te muriera, si nomás se trataba de asustarlo, ahora qué carajo le voy a decir a don Eliodoro, con qué cara le digo que se murió su hijo mientras lo teníamos detenido…

—Y pos como don Eliodoro es muy influyente, pos aquí estoy esperando a que me afusilen por la muerte de Gumersindo Mojica. Por un pinche cigarro…

Estuvimos platicando toda la noche. Me contó de su familia y yo le dije el por qué me habían detenido.

Muy de madrugada vinieron por él cuatro gendarmes, cuando se lo llevaban le pregunté a uno; ¿qué le van a hacer?

—Una escarmentadita —me dijo— una escarmentadita.

Esa fue la última vez que lo vi.

A los dos días me liberaron. Mi padre había pagado la fianza.

Remembranza

Eduardo M. Lázaro

—¿Te acuerdas cuando llegamos a Comala; al jardín para ser precisa?

—Hace tantos años… Aunque estábamos muy pequeñas me acuerdo que nos trajeron en una mula retinta que le decían La Carreta.

—Si, han pasado tantas cosas desde entonces… fue en el 22, creo.

—Tienes razón, pues teníamos diez años en Comala cuando cambiaron el techo del Kiosko, allá por el 32.

— Y después cambiaron las bancas de metal por unas de cemento, creo que fue por el año 48, si no mal recuerdo.

—Aunque posteriormente volvieron a cambiar el techo del Kiosko en el 56 y después en el 82, para quedar como está actualmente.

—Ah qué tiempos aquellos…

—Así es, pero yo como Santa Elena.

—¿Cómo?

—Cada día más buena. A pesar de mis años, estoy más esbelta que antes.

—Ah, eso sí, yo también.

—Cuantas generaciones hemos visto pasar frente a nosotras.

—Y cuantos novios hemos visto casarse y divorciarse posteriormente. Aunque hay que reconocerlo, también hemos visto niños convertirse en hombres, después en abuelos.

—Claro y a sus nietos, verlos crecer hasta hacerse hombres y continuar con el ciclo de la vida…

—¿Recuerdas las modas?

—Ahora que lo mencionas pareciera como si se repitiera la película, nada más con otros actores, pues las modas regresan.

—Me acuerdo también los primeros camiones de pasaje, que en realidad eran de carga y pasaje porque llevaban y traían hasta chivos y gallinas.

—Cuantas personas vimos corriendo para alcanzar el camión que ya se iba. Y cuantas despedidas tristes.

—Y a cuantas hemos visto en su último viaje, hacia el panteón.

—Ay si; desde aquí hemos visto de todo: Bodas, bailes, conmemoraciones, mítines, fiestas, desfiles…

—Borrachos, pleitos, peleas entre novios, balazos…

—No seas negativa, creo que ha habido muchas más cosas buenas, ¿no crees?

—Tienes razón, pero también ha habido momentos tristes, ¿recuerdas los terremotos?; el 41, el 73…

—El 85 que destruyó gran parte de la Ciudad de México y que aquí también se sintió fuerte. El 95 y el más reciente, el del 2003 que todavía me acuerdo y se me enchina la corteza.

—Pues sí, pero recuerda que estamos en una zona sísmica y es muy común que tiemble seguido.

—A propósito, la vista que tenemos de los volcanes es envidiable, ya la quisieran otros.

—Claro a pesar de todo, seguimos teniendo la mejor vista panorámica de Comala.

—Oye ¿no te has enfadado de que la gente nos tome fotos?

—Prefiero eso a que nos cuelguen propaganda proselitista de algún candidato en turno, como lo hicieron por muchos años, ¿recuerdas?

—Y hablando de candidatos, espero que nos dejen por lo menos otros cien años en el jardín, pues todavía tengo tuba para rato.

De-función

Eduardo M. Lázaro

En el viejo vagón, frente al espejo manchado, Basile, con la mirada extraviada rememoraba los últimos acontecimientos.

Había perdido a uno de sus mejores amigos, sino el único: Gatien. Se había fugado nada menos que con Nora, su mujer. Le había dolido más la traición de su amigo que la de su esposa. Lo consideraba un hermano y siempre había contado con él en momentos difíciles y oscuros. Gatien a su vez, había sido cuidado en su lecho por Basile, cuando tuvo aquel accidente que casi le cuesta la vida. Ambos se querían y respetaban mutuamente y habían sido más que compañeros de aventuras desde pequeños, cuando vivían en los arrabales mugrosos de París. Después el destino se había encargado de colocarlos en ese punto.

Lo habían despojado de todos los ahorros de su vida ambulante. Pero sobre todo le habían arrebatado sus ilusiones, sus esperanzas y sus deseos de vivir. Ya no quedaba nada en qué forjar nuevos ánimos. Nada de certezas.

Un enorme hueco iba creciendo poco a poco en su interior hasta llenar sus entrañas.

Su cara rugosa reflejaba los años de sufrimiento y trabajo. Miles de kilómetros recorridos en ese vagón sucio y estropeado. El hastío de recorrer aquellos pueblos polvorientos que después de muchos años, ya le parecían iguales y monótonos. Los mismos rostros, las mismas carcajadas, los mismos olores, la rutina…

No comprendía por qué Gatien se había ido. Podía haber tenido a Nora sin necesidad de fugarse con ella; él lo hubiese comprendido. Pero alejarse, así de pronto de esa manera y dejarlo a la deriva… no lo concebía. ¿De qué argucia demoniaca se había valido su mujer para convencer a su entrañable amigo? ¿Qué paraísos lujuriosos le había prometido a cambio de alejarla del tedio de los años?

Ya no le quedaba espacio en su alma para otra partida.

Terminó de polvearse el rostro y una lágrima solitaria rodó por los surcos de su cara. Se puso una bola roja en la nariz, tomó su chistera y salió a dar el mejor espectáculo de su vida.

La tirada

Eduardo M. Lázaro

El frío de la madrugada se colaba por el techo de cartón de la vivienda de adobe. La estancia estaba iluminada por una lámpara de petróleo sobre una mesa sucia y desnuda. Las sombras proyectadas en las paredes de adobe se alargaban formando fantasmas vacilantes y temblorosos, que se movían al compás de la llama de la bombilla. Benito escuchó a su mamá hablando quedito para no despertar al resto de la familia.

-No te lo lleves Juan, Benito está muy chiquillo. Deja que crezca tantito.

-No, vieja. Ya tiene que saber cosas de hombre. Yo a sus años, traía güilotas, iguanas y hasta codornices a la casa. Tiene que aprender, por que cuando yo no esté, ¿quién se hará cargo?

Juan dio por terminada la discusión con su mujer y continuó arreglando sus cosas. El niño estaba emocionado, ya antes su papá lo había llevado a la tirada, pero esta vez traería su propia chispeta, que le había prestado a Juan, su compadre Erasmo. Le había prometido a su hijo que le enseñaría a cazar con ella.

Justina no estaba de acuerdo. Disgustada terminó de preparar el bastimento. Miró con preocupación la carita emocionada de Benito, que ya se sentía todo un hombre a sus doce años. El niño cogió su costalillo con el bastimento, y un bule de agua que estaba colgado en uno de los horcones de la vivienda. Después su papá, le tendió la chispeta y poniéndose su sombrero de palma; viejo y grasiento, le dijo a Justina:

-Ya nos vamos, antes de que nos agarre el sol.

La mujer sólo atinó a mover negativamente la cabeza, mientras los acompañaba hasta la puerta del jacal. Después de que salieron, todavía seguía moviendo la cabeza. Cerró la puerta lentamente y los goznes chirriaron dejando escapar un quejido que hizo que los niños dormidos, se movieran inquietos en el petate.

Benito iba muy emocionado con su chispeta al hombro. A penas no le arrastraba, pues era demasiado grande y pesada para su tamaño. Hacía un esfuerzo para mantenerse erguido. Apresuró el paso para que Juan no lo dejara atrás. Su papá tenía un paso ágil y rápido. El niño sintió un golpe de frío, que le caló hasta los huesos.

Todavía estaba muy oscuro cuando llegaron al vado, no había luna y las estrellas brillaban titilantes en el cielo oscuro, pero Juan conocía de memoria todas las huertas, brechas y potreros de la región. Subieron por la cuesta y al poco rato llegaron a Nogueras y de ahí se dirigieron por un caminito hacia Pastores.

Poco a poco iba clareando el alba. Llegaron hasta un arroyo. Se habían arremangado los pantalones y no les importó que sus huaraches de correa cruzada se mojaran. El niño estuvo a punto de resbalar y caer, pero una mano rápida y oportuna de su padre lo evitó. El agua fría se escurría por los dedos de sus pies, mientras atravesaban el arroyo sorteando las piedras resbalosas llenas de musgo. Subieron una pequeña loma y entraron a una parcela arrastrándose bajo la cerca de púas. Después de caminar algunos minutos abrieron un falsete atravesaron un caminito y llegaron a otro potrero. Era grande y estaba lleno de matojos secos y huizaches. Hasta ellos llegó el olor del zacate pardo, húmedo por el rocío de la mañana. En el centro se divisaban unos árboles de guamúchil grandes y añosos. Ahí se dirigió Juan. Cuando llegaron se sentaron en unas piedras a descansar un poco y a esperar a las palomas que no tardarían en llegar. El sol ya había salido y coloreaba de naranja las puntas de los árboles más grandes. Mientras Benito le quitaba el tapón de olote al bule para tomar agua, Juan le comenzó a explicar el funcionamiento del arma.

-Fíjate bien –le dijo.

-Por aquí se le mete la pólvora a la chispeta. Con estos cartuchitos que hice anoche, no tendrás apuros para saber la cantidad de pólvora que necesitas –le dijo mientras vaciaba en su chispeta la pólvora negra y sacaba de abajo del cañón una larga vara de metal.

-Después de la pólvora van los balines. Le voy a poner de los más chiquitos, éstos que se llaman lagrimilla y que son especiales para las güilotas. –mientras dejaba caer en la boca del arma las bolitas de metal.

-Luego va el taco de papel – le dijo sacando del costalillo papel periódico y haciendo bolitas que iba introduciendo por el cañón del arma.

-Así le retacas el papel con el retacador, así se llama ésta vara. –le mostraba mientras le introducía la vara y le daba varias retacadas al cañón.

-Debes de tener cuidado de no empujarlo de más, porque si te pasas, te puede tronar la pólvora… -mientras le decía iba haciéndolo con una soltura de quién ya tiene la agilidad y la experiencia de años.

-Después jalas el martillo hasta que se trabe y ya está cargada. Solamente le falta el petardo, que es el que hace que la pólvora se prenda…

-Ah, es el que parece sombrerito… -interrumpió Benito con los ojos brillantes.

-Si pero se le pone hasta que se vaya a disparar, porque sino se puede cebar. Debe de estar bien seco. Se le pone aquí en este tubito que se llama chimenea. Entonces ya se puede tirar. Apuntas viendo el animal por la mira, como te dije la otra vez. Acuérdate que si vas a tirar pa’ arriba, no hay traba; pero si vas a tirar a ras de suelo, debes de mirar siempre que no haya naiden del otro lado. Siempre debes estar atento ¿Oíste?

El niño asentía mientras miraba en las ramas del guamúchil buscando las ansiadas palomas.

-¡Mire apá, ahí llegó una de collar! –gritó levantándose, apuntando con su mano.

-¡Shh!, -le dijo su papá llevándose el dedo a la boca, mientras se acomodaba en cuclillas para poder ver el ave que había llegado.

Cuando estuvo seguro del disparo, puso el petardo en la chimenea y un instante después disparó. Se oyeron dos truenos casi simultáneos, ¡puf ssh… Pum¡, el primero era el sonido del petardo y luego el siseo de la pólvora quemándose y por último el trueno de los proyectiles saliendo por el cañón. Todo en menos de una décima de segundo.

Una nube de humo blanco cubrió por un instante la visión de Juan, pero el grito del chiquillo, le indicó que había acertado en el blanco.

-¡Te la chingaste, apá! –gritó, mientras corría hasta dónde había caído la paloma.

Regresaba con la güilota en la mano y la sonrisa en su rostro.

Juan no había dejado que el chico disparara su chispeta, pues no quería desaprovechar la oportunidad de matar la mayor cantidad de palomas. Y temía que por su inexperiencia, éste solo las asustara.

Estuvieron ahí un buen rato cazando bajo el guamúchil hasta que las palomas ya no se posaron más. Ya había cazado Juan unas ocho, suficiente para regresar temprano a su casa. Pero decidió continuar con su recorrido. Salieron a un camino pedregoso y después de caminar algunos kilómetros, cruzaron una cerca de piedra y se internaron en un potrero cercano a un río, donde recordaba Juan que en otras ocasiones había visto iguanas verdes que eran las más sabrosas.

Al llegar al sitio, Juan distinguió en una parota una enorme iguana verde tomando el sol en una rama.

-¿La ves? -Le preguntó al niño.

-No, ¿don ta apá? -preguntó, mientras hacía muecas por el sol que estorbaba su visión.

-Ahí, tarugo, en esa rama que sube. –le dijo apuntando con el dedo en la dirección de la rama.

-Ah sí ya la vi… está bien grande apá, ¿le tiro?

-No, pérate, no vaya a ser que le jierres.

-Juan preparó rápidamente su chispeta con perdigones más grandes. Apoyó su arma en un árbol y esperó el momento justo. Tenía que darle en la cabeza, pues por su experiencia con las iguanas, ya le había pasado que aún con las tripas de fuera o con el cogote destrozado, salían corriendo y se encuevaban de tal suerte que no había poder humano que las sacara.

De repente se escuchó: ¡puf ssh… Pum¡, y una nube de pólvora quemada los envolvió. Se oyó un ruido entre las ramas y un golpe seco en la hojarasca. El niño corrió rápidamente en la dirección donde se había escuchado el golpe de la iguana. Le costó trabajo encontrarla entre la maleza y las hojas secas. El reptil estaba con el oído destrozado y parte de la cabeza colgando por un lado. Todavía se movía y antes de que el niño pudiera tomarla, llegó su papá y le pegó otro tiro. Era una iguana como de un metro y treinta.

Juan estaba muy contento y se dijo que ahora sí dejaría tirar a Benito, pues a eso habían ido al potrero, para que el chico aprendiera a cazar. Tenía la intención de irse a los Estados Unidos una temporada, al corte de la manzana, como lo había hecho varias veces antes de casarse; luego regresaría con su familia, pero en ese tiempo en caso de urgencia, su hijo podría cazar y llevar el sustento a su familia.

-Ora si m’ijo vas a tirar tú, ya acompletamos. –dijo, mientras tomaba la iguana y se disponía a desollarla.

Estuvieron limpiando los animales en un arroyito, Juan quitándole el cuero a la iguana, mientras Benito desplumaba las palomas.

Cuando terminaron, Juan le preguntó a su hijo:

-¿Tienes hambre?

-Un chingo apá –contestó sobándose el estómago.

-Juan sonrió y le hizo un ademán a Benito para que sacara el almuerzo del costalillo. Benito se quitó el costalillo que traía terciado y sacó el bastimento que le había puesto su mamá. Hicieron una pequeña fogata con ramas y tronquitos secos y esperaron un rato a que se hicieran las brasas. Después pusieron las tortillas y los tacos de frijoles sobre ellas. Al poco rato estaban comiendo su almuerzo. Cuando terminaron, apagaron las brasas con tierra. Entonces Juan le dijo:

- Ahorita vengo, voy al baño. Ve preparando tu chispeta por si encontramos algo de vuelta.

El niño, excitado, puso manos a la obra e hizo todo lo que su papá le había indicado para cargar la chispeta, incluyendo ponerle el petardo…

Era después de medio día cuando regresaban. Llegaron a los cafetales al pie del río de la Tía Barragana y un grupo de ardillas pasó corriendo sobre los árboles, pero no se detuvieron. Juan divisó entonces un zarzal que prometía. Era una especie de enramada que formaba un techo con bejuquillos y varas, donde de seguro alguna iguana prieta estaría todavía tomando el sol. No se equivocó, entre los palos y bejuquillos se distinguían la panza gris de una iguana prieta.

-Mira Benito, ahí está tu iguana. –le dijo al chico al tiempo que le indicaba la dirección donde se encontraba el animal.

-Acuérdate de apuntarle en la cabeza.

-Decidió dejarlo sólo para ver lo que su hijo había aprendido. El niño se acercó por debajo de la empalizada preparando su chispeta y apuntó con mucho cuidado. Entonces disparó.

Se oyó solo un ruido apagado ¡Pufff!, y muy poco humo salió del petardo. Se había cebado.

Juan riendo, volteó a ver al desconcertado chico, que no comprendía lo que había pasado, y antes de que su padre pudiera decir algo, hizo lo que todo niño haría en su lugar. En ese momento se oyó; ssshh… Pum… vio cómo su hijo caía de espaldas con los brazos abiertos en cruz.

Al acercarse corriendo pudo ver una pequeña columna de humo blanco que salía del ojo izquierdo del chico. Angustiado, tomó al pequeño en sus brazos y lo levantó en vilo gritando con todas sus fuerzas…

Benito no escuchaba nada, solamente veía con su único ojo la cara morena y angulosa de su padre con una expresión que no le conocía. Vio como se le llenaban los ojos de lágrimas y un hilo de saliva le escurría por la boca, mientras gritaba palabras silenciosas en la penumbra de la huerta. Vio también el sol filtrándose por entre las hojas de los cafetales, las palmeras y las ramas de los frondosos árboles de las huertas de Comala.

Anuncio de ocasión

Lupita g S.

SE VENDE UNICORNIO DE TRES AÑOS EDAD, CON GRANDES Y HERMOSAS ALAS Y CUERNO AZUL PLATA, EN BUEN ESTADO DE SALUD. INTERESADOS COMUNICARSE AL NÚMERO…


Leo este anuncio en el puesto de periódico, que se encuentra al inicio de la calle principal. Ya está entrada la tarde y me paro a leer con mas morbo que interés en adquirir dicho ser cornudo, que eso de cuernos yo zafo.

Y varias preguntas me vienen a la flemática mente: ¿Existen los unicornios? Y luego, si existiera uno, que de sobra sé que no, pero dándole ocasión a la fantasía que existiera dicho personaje ¿Por qué venderlo? ¿Qué hace un ser mitológico para que su dueño pretenda deshacerse de él?

Y quien se atreva a comprarlo, que tome sería conciencia de la situación a la que se esta metiendo:

El o la dueña ¿lo venderá con un instructivo que oriente al poseedor de dicho ser, ya sea para alimentarlo, asearlo y cómo debe estar el lugar donde duerma? si es que duerme, por aquello de que es mitológico no lo olvidemos. ¿Habrá que vacunarlo como a los caballos y sacarlo a trotar, o a que vuele? Si se le permite volar ¿regresará al lugar donde inició el vuelo? Tal vez esa sea una de las razones por lo que lo venden, porque puede que como cualquier perico enjaulado en cuanto pueda elevar vuelo se aleja lo más posible de su claustro.

Yo no quiero unicornios, no sabría que hacer con un animal con figura y tamaño de caballo, pero con alas y un espiralado cuerno, todo él de un blanco impecable. Además no sobra decirles que me imagino que el cuerno es un arma mortal, que él debe de usar hábilmente contra quien lo sermonee o fastidie su existencia. Y ya de paso sepan que el color blanco me aburre.

Sigo avanzando por la estrecha calle empedrada, y tratando de arrancar de mi mente soberano anuncio, clavo mi mirada en las piedras: son pequeñas y bien distribuidas dan un aspecto artesanal a la angosta vía. Pero no, no puedo apartar de mi mente el anuncio del unicornio…dice la nueva, que tiene tres años. ¿Cuantos años viven los seres mitológicos? Y aflora avivadamente una sonrisilla burlona en mis labios y me contesto en el acto: el tiempo que uno quiera, ya que es un mito, un ser de ficción.

¡Hermosas y grades alas! reza el anuncio… de niño tuve una tórtola, negra con algunas plumas grises, siempre estaba tratando de decirme algo con su sonido de arrullo, pero jamás pude entender nada. Lo único que supe es que mi cuerpo fue invadido por cientos de minúsculos animalitos; mi madre dijo que eran gorupos y que las aves eran portadoras de dichos bichos y como el caballito de cuerno tiene alas, porque así lo describe el anuncio: ¡Hermosas alas! Y aquí aprovecho para asentar que he visto en revistas, pinturas y uno que otro libro con ilustraciones que hay unicornios sin alas, no se si sea cuestión de genero: hembras con alas—machos no o machos con alas—hembras no, será que antes de los tres años aún no les brotan las alas, o ya viejos las pierden. ¡Qué agobio con el unicornio! Con sus alas llenas de bichos, tratando siempre de huir de casa, testarudo y amenazante con su cuerno como espada espiralada.

Llego a mi pequeño departamento, donde es imposible que tengamos un unicornio; es tan reducido que no habría espacio para él; al menos no el del tamaño de mi imaginación. Así que antes de introducir la llave a la puerta y penetrar a mi fresco recinto pensé: Pues bien, caballito de alas y cuerno, espero te compre una buena persona, que sepa tratarte bien y que no se agobie con tu presencia, que yo tan solo de pensar en ti, y las atenciones que requieres he quedado exhausto. Aún no les he comentado que a mis treinta y seis años, vivo con mi madre…hermosa mujer regordeta, de cabeza cana y adorables arrugas y bolsas bajo sus por siempre húmedos ojos.

— ¡Oscar! que bien que llegaste, fíjate que supe que anuncian la venta de un ¡unicornio… un unicornio hijo!

—Escuché decir a mi madre, apenas cerraba la puerta tras de mí…y dije con gran pesadumbre para mis adentros: aquí vamos otra vez.

Por lo que nunca tuvimos

Lupita g. S.

Bajo tus besos de madrugada, noto que hay fuertes impulsos por abandonarme. Y sin embargo no ruego en grito, bajo del cielo de tus besos al dolor de mi purgatorio y ahí en total silencio con cuidado de no despertarte, te dejo saber los sucesos por los cales no deberías dejarme. Pero si al término de ellos así lo decidieras ¡qué Dios se apiade, porque no me será nada fácil!

No es por tu voz cuando me llamas o por cómo te comportas conmigo en la cama. Es el sonido de tu voz, canturreando desafinado, cuando preparas nuestro café por las mañanas y te quemas con el agua. Es esa complicidad que se da entre el sábado y tú, cuando te pones a lavar tu carro, sábado y hombre desnudos del cuello a la cintura.

Es tu mano sujetando la mía, el domingo por la tarde paseando por la ciudad, haciendo faenas de toreros entre semáforos y carros; tu manera de arrastrarme entre los vehículos, mis verónicas y carcajadas. Es tu brazo descansando sobre mis hombros y mis sueños sujetos a tu cintura.

Es el silencio de los lunes que nos canta, cuando nos detenemos frente a la gran fuente del parque, mientras ella aburrida, sin libertad porque la han programado hasta donde debe elevar su chorro, cuantas veces lo hará y cuando deberá callar y ella en venganza, con su compinche el viento salpica nuestros rostros con su fétida agua clorada.

Por favor no, no te puedes ir. ¿Qué haría yo con mi miércoles, con el jueves y con ese martes que de sobra sabes que no le agrado, que me agobia? No abandones esas tardes de cine en una sala helada y palomitas de maíz, con mi frio y nuestra riña porque olvide el abrigo.

No, no quiero tener que regresar a esas calles, para recoger mis pasos y borrar los tuyos. Me niego a regresarles el canto a las golondrinas, el trino escandaloso que como zarcillos en mis orejas depositaron. No quiero regresarle a la noche nuestras horas de pasión ¿Qué haría ella con ese ardor, a que aguas las arrojaría?

No te pido que te quedes por como me besas y acaricias, quédate por los besos pendientes y las caricias quietas. ¿Comprendes lo que te digo? No te grito que te quedes por lo que hemos construido, por todo lo que tenemos… quédate por todo aquello que nunca hemos tenido. No te amo por lo que me dices, es por lo que callas cuando mis actitudes te fastidian, por las derrotas y los miedos. Por esa locura con que me devoras, por el cansancio provocado por la pasión. Por el silencio acuarelista de nuestros cuadros de habitación…desnudos, vencidos y sedientos.

Si me olvidaras ¿dónde guardaría tus miradas, nuestras victorias y ese ronquido en tus horas de descanso? ¿A que sabe un café sin tul canto desafinado, qué harás con mi frio. Antes de que me abandones enséñame cómo se duerme sin una historia contada sobre las pestañas.

Observa tus manos antes de que cierres esa puerta, antes de que me arranques de tu mirada y…antes de que apague tu luz en mi habitación, suma, suma estos locos motivos por los cuales aún no te puedes ir.

Desaparecido


Mi unicornio azul ayer se me perdió,
pastando lo dejé y desapareció…


Silvio Rodríguez


Eduardo M. Lázaro

Era mediodía cuando Nina, Ofelia y Loreta, lanzaban avioncitos de papel hacia el patio de la escuela dónde jugaban los chicos a la pelota. Desde el segundo piso las jovencitas reían por sus travesuras, mientras Nina con el rabillo del ojo veía a César, el chico de cabello largo y rizado que le gustaba.


Sonó el timbre y todo el enjambre de estudiantes se precipitó de nuevo a las aulas, con una algarabía que poco a poco fue desapareciendo mientras se dirigían a sus lugares.

Mas tarde, regresaban a casa las tres amigas entre risitas y bromas. El sol apenas hacía mella en sus juveniles cuerpos y el sudor les escurría en pequeñas gotitas titilantes. Al llegar a una casa grande, pintada de color marfil, Nina se despidió de sus amigas, saludando con una paleta de caramelo en la mano. Recorrió un pequeño caminito flanqueado por césped recién podado y llegó hasta la puerta de su casa. Volvió a introducir el caramelo en su boca y con una mano abrió la puerta.

-¡Ya llegué, mamá! –gritó, mientras subía corriendo las escaleras, canturreando una melodía de moda.

-Está bien, ya casi está la comida –contestó su mamá desde la cocina.

Al llegar a su recámara entró su gata Moni corriendo y enredándose entre sus pies comenzó a ronronear. Tiró la paleta en un depósito de basura, levantó a Moni y la llevó abrazada hasta la cama. Lanzó sus libros a una mesa y se tendió a un lado de la gata. Sin embargo hacía calor. Se levantó a abrir la ventana que daba hacia el jardín trasero de la casa que lindaba con el río. Al pasar por el tocador se detuvo un instante para ver su rostro e hizo algunas muecas coquetas frente al espejo. Su rostro pecoso y ruborizado por el calor, resaltaba su inocente hermosura. Se dirigió a la ventana y la abrió. Una brisa fresca inundó la estancia y llevó hasta ella el olor de las flores salvajes que crecían en la ribera del río. Ahí se quedó por un instante disfrutando de la frescura del viento, hasta que descubrió un movimiento en el fondo del jardín. Había algo que se movía por entre los árboles y que llamó intensamente su atención por el color tan peculiar que tenía.

Se agachó un poco para ver por debajo de los árboles lo que se ocultaba. Era algo de un color azul intenso. Perecía un caballo, pero ¿azul?

Su corazón dio un respingo. Salió de su recámara y rápidamente bajó las escaleras de dos en dos y se lanzó hacia el jardín.

-Nina, ya está la comida –le dijo su mamá cuando la escuchó pasar.

Ella no contestó, pues su atención seguía puesta en lo que acababa de ver desde la ventana de su recámara.

Se fue acercando de puntitas hasta que llegó a unos pasos de lo que parecía ser un caballo azul. Se quedó petrificada. Su corazón latía aceleradamente. No era un caballo azul, sino un unicornio azul. Un animal mitológico que nunca había sido considerado real y ahora estaba ahí, en su propio jardín y al alcance de su mano. Se tapó la boca para no gritar de emoción.

El unicornio no se inmutó en lo más mínimo con la presencia de la niña; de hecho, parecía disfrutar de su compañía. Seguía comiendo parsimoniosamente el pasto verde que le ofrecía el jardín, mientras la miraba con unos enormes ojos índigos y unas pestañas que se movían al compás de su hocico al mascar la hierba. Pudo verlo con todo detenimiento. Era un animal realmente hermoso y superaba la fantástica imaginación de Nina.

Su color era de un azul intenso con pequeñas motas azules un poco más tenues en el lomo y la grupa. El cuerno añil contrastaba con su crin de un azul pálido casi blanco. Sus ojos de un azul zafiro profundo como el mar. No era muy grande, más o menos una altura entre un caballo y un asno.

Nina regresó corriendo a su casa y entró a la cocina por un terrón de azúcar. Su madre iba a decir algo, pero Nina fue más rápida y salió como una exhalación antes de darle la oportunidad a su madre de un reproche. Llegó corriendo a donde el unicornio. Se acercó y extendió su mano con el terrón de azúcar. El unicornio dio un paso y olfateó, con su belfo tomó el regalo mientras la miraba agradecido.

Se acercó un poco más y toco su cálido lomo, era tan suave como el terciopelo, después recorrió su mano hacia su crin, metió sus dedos sobre la melena y la tersura la dejó maravillada, tenía la textura de los cabellos de un niño recién nacido. Su único cuerno se erguía desde su frente y salía formando un espiral. El añil del cuerno era extraordinario. Sentía su respiración sosegada y los músculos poderosos de sus patas se movían con suavidad.

Comenzó entonces a hacerse varias preguntas: ¿Cómo llegó ahí? ¿Tendría dueño? ¿Se podría quedar con él? ¿Alguien lo estaba buscando?... Entonces recordó vagamente algo que tenía que ver con un unicornio, pero no recordaba dónde. ¿Sería en el periódico mural de su escuela?- No, ahí no. ¿En la televisión?, -No, tampoco. De pronto lo recordó: -En los panfletos. ¡Claro! en los panfletos que ella y sus amigas habían utilizado para hacer los avioncitos de papel. Ahí estaba la respuesta. Recordó que los panfletos los había recogido su amiga Loreta, cuando por la mañana se dirigían a la escuela. Y después distraídamente habían hecho los avioncitos para tirarlos a los chicos desde la planta alta. Pero antes Nina los había visto apresuradamente y hablaban sobre un unicornio extraviado, eran esos panfletos que se pegan por todos lados para encontrar a alguien que se ha extraviado, en ese momento pensó que era una broma, pero ahora tenía sentido todo aquello.

Dejó al unicornio y salió entonces de su casa. Apenas tuvo tiempo de mencionar algo a su mamá cuando la increpó sobre su comportamiento y antes de esperar una respuesta salió corriendo por la puerta principal a la calle. Se paró en el primer buzón que encontró, y efectivamente como había esperado, ahí estaba un panfleto pegado con cinta. Lo despegó con cuidado para no romperlo y se lo llevó a casa. Lo dobló cuidadosamente y lo escondió en su ropa. Llegó directamente a comer para no levantar sospechas. Comió tan pronto como pudo y regresó a su cuarto. Puso el panfleto sobre la mesa y lo leyó cuidadosamente:


DESAPARECIDO

Se Busca unicornio azul
desaparecido el día de ayer

Recompensa:

Cien Mil o un millón
(de Amor)
a quién de información
de su paradero

Informes con SILVIO

Tel: ….

El panfleto tenía la copia de un unicornio, pero no era muy buena, como siempre sucede cuando intentas copiar una fotografía. Manchada, sin mucho detalle, pero sin duda la fotografía del unicornio que estaba en el jardín trasero de su casa.

Eso significaba que el unicornio tenía dueño y era un tal Silvio, que nombre tan raro, -pensó -¿quién podría llamarse Silvio en este tiempo?, -en fin, debía de tomar una decisión…

Después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que el unicornio debía encontrarse un poco triste al igual que su desesperado dueño. Y que no tenía caso postergar lo que era inevitable. Tomó el auricular y con el borrador de un lápiz marcó el número que aparecía en el panfleto. Se oyó una voz al otro lado de la línea.

-¿Silvio? -preguntó Nina
-Sí –contestó la voz
-Lo encontré.

Hortensia

Eduardo M. Lázaro

Cuando llegué por primera vez a dar clase a esa escuela, jamás imaginé que mi vida cambiaría tan drásticamente como lo hizo, ni mucho menos que lo haría en un suspiro. Me llamó la atención Hortensia, la secretaria que estaba en el fondo del cubículo de la dirección, pero no en el sentido que ustedes se imaginan, sino al contrario. Me pareció realmente fea, pintada con exageración y vestida con ropa demasiado ajustada que remarcaban una figura nada agraciada. Sus ojos me parecieron de una mirada extraña y malévola. Esa fue mi primera impresión. Sin embargo, con el tiempo me acostumbre a su presencia y a su trato, que fue siempre muy cortés y hasta cierto punto preferencial hacia mí.

En ese tiempo estaba felizmente casado. Claudia era una esposa linda y maravillosa, y también daba clase en la misma escuela con varios grupos a su cargo. Teníamos un  precioso hijo de escasos cuatro años, una casa agradable y un trabajo que disfrutaba.

Al año, las cosas comenzaron a ir mal, de repente mi esposa se sentía indispuesta y sin razón aparente le daban punzadas en sus senos, piernas y espalda. Al otro día, amanecía como si la hubiese atropellado un auto, con moretones por todo el cuerpo. Acudimos con varios médicos, pero ninguno atinaba con la enfermedad que aquejaba a mi esposa. Incluso más de alguno me sugirió que la llevara con un psiquiatra pues sospechaban que se auto infligía  ese castigo. Yo estaba seguro de que no era así, pues la conocía perfectamente y no me cabía en la cabeza semejante comportamiento. 

Al poco tiempo su situación comenzó a empeorar. A decir de un especialista su caso era raro, grave e irreversible, una especie de esclerosis agresiva nunca antes vista.  Poco a poco comenzó a perder movilidad, primero en sus brazos, cara y después en sus piernas. La cara se deformó, así como todas sus extremidades, a tal punto que en un lapso de dos años era prácticamente irreconocible, estaba hecha un saco de huesos y su rictus en la cara era una máscara de horror. Sin embargo la amaba y me tomaba todo el tiempo que podía para estar con ella. Mi pequeño hijo Ricardo se angustiaba al ver a su madre en ese estado y constantemente me preguntaba si mamá se iba a aliviar. Se me partía el corazón, cuando le decía que su madre ya estaba mejorando y que pronto volveríamos a ser la familia de antes. Sabía que eso no ocurriría. Yo me sentía realmente solo y no tenía a nadie a quién recurrir para sacar lo que llevaba dentro. 

Fue entonces cuando un día se acercó Hortensia, con dulzura me ofreció su apoyo. Al principio la evitaba; sin embargo, con el tiempo me pareció lo más natural del mundo y sobre todo comencé a tenerle cierto afecto, aunque he de confesarlo, había en ella todavía algo misterioso que no lograba comprender.

Tiempo después falleció mi esposa,  nos había dejado solos a mi hijo y a mí. Fue un golpe muy duro e irreparable. Estaba deshecho y también para mi hijo fue demoledor. Para entonces Ricardo tenía ya siete años y aunque era un chico muy listo, era retraído e introvertido. Había pasado por situaciones muy extremas para su edad y era comprensible su aislamiento. 

Intenté seguir adelante con mi vida e inmediatamente pensé en Ricardo, necesitaba alguien que lo cuidara; una mamá. Como es natural,  pensé en la única persona que me había ofrecido su apoyo incondicional: Hortensia.

Con el tiempo comenzamos a salir a pesar de la burla de mis compañeros maestros, con insinuaciones y comentarios hirientes que antes compartía y que ahora me parecían de muy mal gusto y totalmente fuera de lugar. No sé cómo pasó pero ahora me parecía más atractiva y hasta cierto punto interesante.

Un día  la invité a comer en casa para que mi hijo la conociera. Al verla, mi hijo salió corriendo y gritando que no quería ver más a esa mujer. Al principio creí que era natural que sintiera cierta aversión por alguien que tomaría el lugar de su madre, y no le di mucha importancia. Con el tiempo descubrí que Ricardo realmente le temía a Hortensia, y yo no comprendía el por qué de ese proceder y trataba de hacerle comprender que su madre jamás sería remplazada y que siempre ocuparía un lugar especial en nuestros corazones. Pero él seguía empeñado en aborrecer a Hortensia, por alguna razón inexplicable no la aceptaba.

En una ocasión necesitaba recoger los exámenes que había encargado a Hortensia para que los copiara y fui hacia su escritorio para recogerlos. Hortensia no estaba, así que los busqué en los cajones de su escritorio pues ya se me había hecho tarde. Abrí varios cajones pero no encontré las copias, entonces probé en el último cajón, al abrirlo quedé sorprendido de lo que vi. En él había dos muñecos de trapo atados fuertemente con cintas color rojo. En lugar de sus caras había dos fotografías, una de Hortensia y otra mía.

No sabía que pensar, quedé impresionado por ese descubrimiento. De repente reparé en otro pequeño bulto. En el fondo del cajón estaba otro muñeco; deforme y sucio como si lo hubiesen pisoteado, tenía algunos alfileres clavados y a su lado estaban dos pequeñas velas negras. Tomé el muñeco deforme y para sorpresa mía distinguí en su cara la fotografía arrugada de mi esposa Claudia…
Sentí un fuerte mareo y tuve que apoyarme en el escritorio para no caer, miles de preguntas cruzaban por mi cerebro, sentimientos encontrados se disparaban y nublaban mi entendimiento. Yo jamás habría creído en patrañas de brujería y cosas así, pero la realidad superaba mis expectativas y las pruebas estaban ahí, frente a mis narices. 

De repente escuché un pequeño grito, al voltear vi a Hortensia que estaba parada en el vano de la puerta del cubículo, con la boca abierta y una mirada furiosa que nunca había visto. Tomé los muñecos y se los mostré. Antes de que pudiera decir o hacer algo, tomé el bolígrafo de mi camisa y con un fuerte golpe lo inserté en el pecho del muñeco que representaba a Hortensia…

Tiempo después, Ricardo y yo nos mudamos de ciudad e iniciamos una nueva vida.

El niño enamorado

Jorge Martínez

Fue mi abuelo quien me descubrió el fascinante mundo de los libros, los cuentos y las palabras. Cada noche me contaba un cuento lleno de aventuras que sucedían en lugares remotos llenos de peligros. Siendo un niño, vivía estas historias y disfrutaba mucho imaginando los palacios, las selvas o los inhóspitos desiertos donde los personajes se veían envueltos en un sinfín de aventuras. Desde entonces tengo un cariño especial por los libros y las historias maravillosas que atesoran en sus páginas.Cuando aprendí a leer, quedé fascinado por el placer de la lectura. Pasaba horas y horas devorando cuentos ilustrados para niños. Mis amigos se reían de mí cuando les decía que prefería quedarme en casa leyendo en vez de salir a jugar con ellos. No eran pocos los días en que cambiaba las canicas, los trompos, los papalotes, el futbol o un paseo en bici por las aventuras de los cuentos.

Con el paso de los años fui apreciando cada vez más la belleza de las palabras, su significado, su historia, su procedencia y las emociones que despiertan en nosotros cuando las escuchamos. Es increíble lo antiguas que pueden llegar a ser algunas palabras, muchas de ellas han llegado hasta nosotros después de miles de años. Las palabras más hermosas han derivado de los gruñidos primitivos de los primeros hombres. Poco a poco se han ido domesticando y dulcificando hasta convertirse en bellas notas musicales cargadas con una fuerza emocional y una herencia cultural asombrosa. Las palabras más antiguas traen consigo muchos sentimientos y emociones, embellecen con sus sonidos todo aquello decimos y nos seducen casi sin que nos demos cuenta.

Un día comprendí que las palabras se pueden utilizar para decir cosas horribles, para herir y engañar a las personas. Sufrí una gran decepción, nunca pensé la belleza de las palabras pudiera ser manipulada para provocar emociones y sentimientos dañinos. Cuando descubrí los eufemismos quedé completamente desencantado. No era capaz de aceptar que la combinación de dos o tres palabras ingenuas pudiera encerrar un significado perverso. Quise deshacerme de todos mis diccionarios, quise olvidar los buenos ratos que había pasado descubriendo palabras hermosas, palabras feas, palabras vacías, palabras poéticas o palabras llenas de música. Ese día renegué del amor que sentía por las palabras. Pensé que no necesitaría más los vocabularios de la lengua, los diccionarios etimológicos o los diccionarios de ideas afines que tanto me habían enseñado durante los últimos años.

Estaba a punto de vender todos mis diccionarios, cuando leí un relato que decía: "Si me da un poco de pereza morir es porque ya no podré ir por las mañanas a comprar el periódico, ni contemplar de camino en la parada del autobús los rostros frescos de los adolescentes que tienen aún todo el amor por delante"(1). La lectura de este texto fue suficiente para renovar mi amor infantil por las palabras.

(1) Fragmento del relato "Cafe solo" de Manuel Vicent.

Antes de que apagues mi luz

Lupita g S.

Voy a darte una lista de motivos por los cuales no te puedes ir; no deberías dejarme, pero si al término de ella así lo decidieras ¡que Dios nos proteja!

No es por tu voz cuando me llamas o por cómo te comportas conmigo en la cama. Es el sonido de tu voz, canturreando desafinado, cuando preparas nuestro café por las mañanas y te quemas con el agua. Es esa complicidad que se da entre el sábado y tú, cuando te pones a lavar tu carro, sábado y hombre desnudos del cuello a la cintura.

Es tu mano sujetando la mía, el domingo por la tarde paseando por la ciudad, haciendo faenas de toreros entre semáforos y carros; tu manera de arrastrarme entre los vehículos, mis verónicas y carcajadas. Es tu brazo descansando sobre mis hombros, son mis sueños sujetos a tu cintura.

Es el silencio de los lunes que nos canta, cuando nos detenemos frente a la gran fuente del parque, mientras ella aburrida, sin libertad porque la han programado hasta dónde elevará su chorro, cuantas veces lo hará y cuando deberá callar, y ella en venganza se hace cómplice con el viento y salpica nuestros rostros con su fétida agua clorada.

Por favor no, no te puedes ir. ¿Qué haría yo con mi miércoles, con el jueves y con ese martes que de sobra sabes que no le agrado, que me agobia? No abandones esas tardes de cine en una sala helada y palomitas de maíz, con mi frio y nuestra riña porque olvide mi abrigo.

No, no quiero tener que regresar a esas calles, para recoger mis pasos y borrar los tuyos. Me niego a regresarles el canto a las golondrinas, el trino escandaloso que como zarcillos en mis orejas depositaron. No quiero regresarle a la noche nuestras horas de pasión ¿Qué haría ella con ese ardor, a que aguas las arrojaría?

No te pido que te quedes por como me besas y acaricias, quédate por los besos pendientes y las caricias quietas. ¿Comprendes lo que te digo? No te amo por lo que me dices, es por lo que callas cuando mis actitudes te fastidian, por tu andar cuando te acercas a mí y con tu mirada me dices que es tiempo de devorarnos, por el exquisito cansancio, tu sabor salado en mis labios y el sueño en los parpados después de habernos devorado. Es el silencio acuarelista de nuestros cuadros de habitación…desnudos, vencidos y sedientos.

Si me olvidaras ¿dónde guardaría todas tus miradas, tus abrazos y ese ronquido en tus horas de descanso? ¿A que sabe un café sin el canto de Pavarotti, qué harás con mi frio, cómo se duerme sin una historia contada sobre las pestañas?

Observa tus manos antes de que cierres esa puerta, antes de que me arranques de tu mirada y…antes de que apague tu luz en mi habitación, suma, suma estos motivos.

Una vida feliz

Jorge Martínez

Siempre he sabido que era adoptado. A pesar que no me unían lazos de sangre con el resto de la familia, desde el primer día me he sentido uno más en esa casa. Cuando era pequeño, todos eran muy cariñosos conmigo, se pasaban el día entero acariciándome y haciéndome mimos. Me acostumbré pronto a pasar de brazo en brazo y ser el centro de atención de la familia. Esos días fueron los más felices. Como empecé a crecer muy rápido, cada vez me cargaban menos. Todos me decían que era muy grande y pesaba demasiado para llevarme en brazos. No me importaba, todos eran muy cariñosos conmigo y siempre encontraba la manera de hacerme un hueco junto a ellos en el sofá o incluso en la cama.

Yo iba a una escuela diferente del resto de los niños. Mis estudios se orientaban al desarrollo de habilidades y no a la transmisión de conocimientos. Mis profesores me enseñaban a desenvolverme correctamente en distintas situaciones y a relacionarme con otros niños y también con adultos. Yo no he estudiado matemáticas, física o química, las ciencias nunca han sido importantes para mí. A pesar de que tengo capacidades distintas de los demás, mis padres están muy orgullosos de mí y eso me hace feliz.

Siempre he sido muy alegre y divertido. Soy bastante simpático y se me da muy bien hacer amigos. Me encanta jugar con los niños y cuidar que no les pase algo malo mientras estoy con ellos. Mi vida es muy sencilla y disfruto mucho de las sensaciones que percibo. Me fascina el mundo de los olores y el mundo de los sonidos. Tengo una habilidad extraordinaria para reconocer a las personas por su voz. Me encanta comer, podría pasar el día entero comiendo todo tipo de chucherías. A diferencia del resto de la familia, no me gustan los dulces ni los pasteles. Yo prefiero lo salado, me encantan las galletitas que compran especialmente para mí.

He perdido la cuenta de los años que he vivido en esa casa rodeado de tanta gente. Todos han sido muy buenos conmigo, siempre me he sentido muy querido y eso ha sido lo más importante para mí. Yo también he sido muy cariñoso y les he querido mucho, especialmente a los niños. Mi vida ha sido feliz.

Esta mañana, mientras daba un paseo por el jardín, me ha picado un animal. No he dado importancia, parecía una insignificancia y he olvidado pronto este incidente. Después de comer, cuando me he despertado de la siesta, he sentido un dolor muy fuerte en el pecho y he empezado a quejarme. Mi madre me ha llevado inmediatamente al médico, estaba muy alarmada por mi estado. En la clínica el doctor me ha revisado minuciosamente y ha pedido que me hicieran diversos análisis. Al final, el doctor solo me ha recetado analgésicos para ayudarme a soportar los fuertes dolores. Después de hablar con el médico, mi madre ha vuelto con los ojos llenos de lágrimas y me ha acariciado una y otra vez. Nunca la había visto tan triste. Ha pasado la noche conmigo, me ha acompañado hasta bien entrada la madrugada, cuando las fuerzas me han abandonado. Mañana mis ladridos no se escucharán más en esa casa.

Una nueva vida

Jorge Martínez

La primera vez que él la insultó, ella pensó que era algo normal, un comentario exagerado pero inofensivo. La mayoría de los chicos de su barrio hablaban así y no había que alarmarse por algo sin importancia. Ella lo dejó pasar, estaba acostumbrada a escuchar lindezas así cada día. Su padre utilizaba palabras hirientes con su madre y llevaban toda la vida juntos. Para ella era algo habitual y nunca pensó que esto transformaría completamente su relación con él.

Se conocían de toda la vida, habían crecido juntos en el barrio. Llevaban varios años de novios y ella estaba muy enamorada de él. Últimamente les iba bien en el trabajo y pronto se independizarían para vivir su propia vida. Él era electricista y ganaba suficiente dinero. Ella trabajaba en un salón de belleza del barrio y eso la hacía feliz.

Al principio, vivir con él fue como un sueño. Era cariñoso con ella y disfrutaban mucho su vida en pareja. Ella estaba radiante, su vida no podía ir mejor. Esta etapa de felicidad no duró mucho tiempo. Un día volvió de la peluquería con el regalo que le había hecho una clienta y esto fue el detonante de los celos obsesivos de él. Su novio empezó a mostrarse cada vez más celoso y a dudar de su fidelidad, pensaba que le engañaba con otro. No soportaba que ella se pusiera las minifaldas y los vestidos escotados que tanto le gustaban. Sentía unos celos incontrolables y le recriminaba que saliera a la calle con ropa provocativa. Estaba seguro que lo hacía para llamar la atención de otros hombres. Al principio ella intentó hacerle entrar en razón, le explicó que debía estar guapa para atender a las clientas de la peluquería. No le convenció y después de muchas discusiones acabó cediendo para evitar problemas con él. Empezó a vestir de forma más recatada con la esperanza de que todo volvería a la normalidad.

Una noche salió con sus amigas para celebrar la despedida de soltera de una de ellas. Al volver a casa, su novio la agredió por primera vez. Le dijo que parecía una puta, que estaba borracha y sentía vergüenza de ella. Desde entonces empezó a insultarla y a ridiculizarla delante de sus amigos. Ella no sabía qué hacer, estaba muy enamorada de él. Intentó buscar consuelo y ayuda en su madre, pero pronto se dio cuenta de que estaba completamente sola. Todo se complicó cuando descubrió su embarazo. No soportaba tanta angustia y lloró como nunca hasta que se le agotaron las lágrimas. Después de pensarlo durante muchos días, decidió abortar. Los meses siguientes estuvo deprimida y ausente. Su novio no paraba de insultarla y humillarla. Cada día le decía que ella no valía para nada y que se había convertido en una carga para él. Poco a poco, ella quedó totalmente anulada.

La depresión le provocó problemas en el trabajo. La dueña de la peluquería empezaba a perder la paciencia con ella porque siempre estaba distraída y sus faltas eran cada vez más reiteradas. El día que la echaron del trabajo su novio se ensañó con ella y la humilló a placer.

Esta chica no había tenido una vida fácil, desde niña se vio obligada a asumir responsabilidades que no eran propias de su edad. Nada más terminar el instituto, empezó a trabajar para aprender un oficio que le permitiera salir adelante. Sabía que no podía esperar nada de sus padres y que tenía que luchar para cumplir su sueño: tener su propio salón de belleza.

En medio de tanto sufrimiento y desesperación, su vida cambió al leer por casualidad el comienzo de una novela: "Si alguna vez me caso, será con un hombre más joven que yo. Un hombre que sepa que aunque tengo muchos años de dolor a mis espaldas, aún no he vivido y debo descubrir el gozo de la vida. Un hombre que no se preocupe de hacer cuentas para administrar unos bienes que le obsesionan, si no que sepa gastar alegremente todo, sin miedo, con fantasía, con juventud…" (1).

Estas palabras la dejaron profundamente conmocionada, se sentía plenamente identificada con los pensamientos de esa mujer. Recuperó las fuerzas y al día siguiente abandonó a su novio. Dejó una nota para él donde le decía que se marchaba para empezar una nueva vida en otro lugar.

(1) Fragmento de la novela "La mujer nueva", de Carmen Laforet.

La fuga

Eduardo M. Lázaro

Llevábamos varios días ocultándonos en las faldas del volcán. Ahora el gobierno nos pisaba los talones. Nos habían descubierto en la cañada, apenas habíamos bajado a beber agua. De entre los cafetales y los añejos árboles un disparo cortó el silencio y la quietud del lugar, que antes solo el murmullo de un pequeño arroyo se atrevía. Se oían las balas de máuser silbando a nuestro alrededor, y las detonaciones cada vez más cerca.

—Apúrale, —dijo mi compadre mientras montaba de un brinco a su caballo, y yo tras de él en la grupa. No habíamos tenido tiempo de nada, ni siquiera alcanzamos a saciar la sed que nos hostigaba desde la madrugada. Rápidamente nos perfilamos para comenzar a subir la barranca, y ya se oían las voces de los oficiales federales dando órdenes a sus soldados.

Nunca la habíamos visto tan cerca. De pronto, sentí atrás del pantalón un líquido caliente que resbalaba por dentro de mis piernas y goteaba.

—¡Creo que me dieron! —grité a mi compadre, mientras subíamos la cuesta a toda carrera, agachándonos para evitar las ramas de los arbustos y los cafetales.

—¿Te duele? —preguntó.

—No, pero siento la sangre escurriendo en mis pantalones —le dije con la voz quebrada.

—Aguanta —me contestó, instigando la montura.

Poco a poco fuimos dejando atrás los federales, y las detonaciones se hicieron más espaciadas hasta que desaparecieron por completo en el fondo de la cañada.

Que raro, no sentía dolor mientras nos alejábamos de la barranca. Solamente una sed que quemaba mi garganta como si trajera un fogón en el pescuezo.

Al poco rato toqué aquel líquido viscoso, que ahora ya estaba frío y había dejado de escurrir. Entonces me di cuenta de lo que sucedía. No se trataba de sangre, sino de los fluidos intestinales que salieron excretados por las circunstancias.

Poco a poco comencé a reír, hasta estallar en carcajadas…

—¿Qué te pasa cabrón? —pregunta mi compadre.

—¡Me cagué!, —contesté con alivio.

Mientras nos alejábamos grité: —¡Viva Cristo Rey!, jijos de la…

El bocado

Pidan y se les dará, busquen y hallarán,
llamen a la puerta y les abrirán.

Lucas 11, 9-10

Eduardo M. Lázaro

Hacía varios años que la revolución cristera había terminado. Habían llegado a un acuerdo las autoridades eclesiásticas y las federales. Pero por alguna razón que desconozco, el gobierno había comenzado una cacería de quienes en algún momento fuimos líderes o tuvimos algún rango en las filas cristeras. Varios de mis compañeros habían caído muertos por las balas de sus mismos hombres, o por asesinos que eran pagados por el gobierno.

Así fue que tuve que salir de Comala, huyendo con mi familia, a salto de mata y nomás con lo que llevaba puesto. Buscando un lugar dónde vivir, mientras se apaciguaba la cosa. Llegando a Guadalajara, tuve que cambiar de nombre y apellido. Mis hijas fueron dejadas en diferentes lugares con los nombres trastocados para confundir al gobierno y evitar que les hicieran daño.

Fueron tiempos difíciles, tenía que andarme cuidando las espaldas todo el tiempo creyendo que alguien me seguía en cualquier calle o al doblar cualquier esquina. Sentía las miradas de las personas y me imaginaba que todos sabían mi nombre y que nomás estaban esperando el momento pa’ pegarme un tiro. Cuando me detenía en un aparador, era para ver en el reflejo del vidrio, las personas que se encontraban a mi espalda o del otro lado de la acera. Siempre estaba con el alma en un hilo…

Además, nadie quería dar trabajo a un ranchero andrajoso que no tenía recomendación y que no conocía la ciudad. Yo mientras tanto pensaba que algún día las cosas tendrían que componerse y podría volver a mi pueblo con mi familia y vivir en paz. Pero la esperanza iba muriendo poco a poco. Cada vez que iba al mercado tenía la ilusión de encontrar un trabajo que me permitiera irla pasando y tener aunque sea algo que llevarme a la boca. A veces, ayudaba a las personas a cargar la despensa, o las verduras o a descargar camiones. Pero esto no siempre se podía, pues en ocasiones amanecía tan cansado y débil que a duras penas podía llegar al mercado.

Uno de esos días en que no había probado alimento desde hacía tiempo, iba pensando en por qué Dios me había pagado de esa manera. Me sentía traicionado por aquellos que se supone deberían de proteger a quienes defendimos a costa de nuestra propia vida, la libertad de culto y de fe, y que ahora guardaban alevoso silencio.

Caía poco a poco en la desesperanza y mi fe comenzaba a tambalearse, lo mismo que mi cuerpo. Así cavilaba cuando en una de las calles céntricas y bulliciosas de la ciudad vi a un chiquillo gordo como de unos once años inclinado en uno de los balcones de una gran mansión. Mirando desde la altura, indiferente a lo que pasaba acá abajo. Me llamó la atención lo que traía en sus manos. Tomada con ambas, se estaba comiendo un enorme virote a modo de torta; se esforzaba por abrir tamaña bocota para apurar bocado tras bocado y apenas si le cabía en los cachetes. Mi estómago dio un vuelco y mis tripas comenzaron a gruñir; sentí cómo se me retorcían de hambre al ver la exhibición que daba el chamaco. En ése momento pensé: Dios mío, si de veras quieres ayudarme, haz que se le caiga el virote…

No había terminado de pensarlo cuando el chamaco con la boca y los ojos abiertos de estupor, dejaba caer el virote a la acera. No podía creer lo que mis ojos veían, apresuradamente lo levanté y eché a correr bajo el balcón con mi tesoro aferrado mientras volteaba hacia arriba. Vi que el chamaco me veía con una mezcla de asombro y frustración.

Me alejé con los ojos llenos de lágrimas, y dando un gran mordisco al bocado exclamé: ¡Gracias, Dios mío!…

Microcuentos

Eduardo M. Lázaro


¿Qué hubiera pasado?

¿Qué hubiera pasado me pregunto, si ese mediodía de domingo hubiese ido directamente a la tienda de don Alejo?; ¿Si me hubiera encontrado a Felipe en la plaza?; ¿Si el sol hubiera estado más fuerte y una nube no lo hubiese tapado?; ¿Si las palomas no hubieran remontado el vuelo al pasar corriendo junto a ellas?; ¿Si Juanita me hubiera reñido por no haber organizado mi cuarto?, ¿Si mi agujeta no se hubiese soltado?; ¿Si el tren se hubiera retrasado un minuto?...


El Big-Bang

Cuando Dios creó el universo, el Big-Bang lo dejó sordo.


Merde

Un hombre creía que todo era merde. El país, merde; el sistema, merde; la seguridad, merde; la salud, merde; la religión, merde; el ejército, merde; la autoridad merde; el trabajo, merde; la vida, merde... entonces alguien empujó la palanca y el hombre desapareció en medio de un remolino.


Oscuridad

Se oyó un golpe seco en la cocina…
¿Eres tú Eugene?
No respondió una voz desconocida.


Los visitantes

¿Éste es el planeta llamado tierra? pregunta Durvieng mirando la pantalla
Si contesta Karbigt
No parece gran cosa
No lo es, de cualquier manera vamos a recoger lo que queda de él.
Que fastidio afirma Durvieng, mientras se rasca el vorjtix con el mervig izquierdo.

Parábola del gato

x Stv

Todos los perros van al cielo, ¿y los gatos?

Un gato, acurrucándose a los pies de él, preguntó:

—Señor, ¿cuál es el fin?

—El mío, ser pastor de rebaños.

—Y ¿el mío?

—Ser borrego y seguirme aún al matadero, disfrutando después de una vida eterna, rodeado de hermosos ángeles a mi lado.

—Borrego no puedo ser, pues gato soy, además me gusta vivir.

—Insensato, no eres capaz de sacrificar ni una de tus siete vidas.

—No te quiero contradecir, pero eso que dices es mito.

—¿Lo de tus múltiples vidas, sobre la eternidad o los ángeles hermosos?

—Tú dime, dices que todo lo sabes.

—Gato de poca fe, si aún siendo yo quien soy y a pesar de haber sanado a diez leprosos, solo de uno recibí su agradecimiento; por eso tú, no importa cuántos ratones en toda tu vida llegues a cazar, reconocimiento jamás alguno tendrás. Más si por algún motivo llegaras a destacar, quemado has de terminar o peor aún, marcialmacielizado.

—No entiendo, Señor.

—No te preocupes, algún día, tarde o temprano, lo entenderás.

Granos en la piel

¿Alguien sabe cuándo es el
funeral de la señora Utopía?

Autor desconocido.

Lupita g S.

Si pudiera demostrar lo bello de lo feo…


Son bellos el color azul, las mujeres delgadas, el amanecer, la mariposa y el delfín.

Pero el exceso de carnes anilladas en la mujer no puede nulificar la suave caricia que prodiga, ni ocultar la sensualidad habitada en sus labios. El azul, es cierto que es hermoso…en los ojos, cubriendo el cielo, vistiendo los mares, sobre pasando a los reyes y tomando su rango, yo, azul rey. Pero una lluviosa tarde en gris es romanticismo, cuna de la nostalgia. Una ardiente tarde color Tonatiuh puede arrancarle un suspiro a su creador. Los colores cafés, naranjas, verde tierno, maduro, secos a punto de morir, son los que pintan los más hermosos paisajes.

El amanecer es una nueva oportunidad; una vez más, pero en el ocaso, se han revelado sus secretos los amantes y han consumado las más ardientes pasiones pecaminosas. La negrura de la noche permite que la luna enamore al hombre, el tenor sapo nos deleite con su canto y el coyote ensaye su lamentoso aullido .

Yo amo la noche porque me permite despojarme de la ropa, arrojarla donde deposito las apariencias. Me libero de maquillaje y obsesiones y me entrego a los amores con la luna, ella lame mi piel de sapo y yo le aúllo una copla de tragedia de amor.

La mariposa antes de ser bonita fue gusano, con elegante nombre de oruga pero al fin gusano. Hay gusanos que traspasan la línea divisoria y se visten de coloridas alas y hasta toman la condición de Monarcas; otros, sin embargo, aunque logran desplegar alas se quedan en repugnantes moscas, monstruosas y vomitonas. ¿Cómo fue que se estableció que lo feo era deslucido y lo bello era lindo? ¿A quién se le pide que se cambien los parámetros que dictan qué es perfecto y hermoso?

Y aquí estamos unos al lado de los otros: la estrepitosa cascada y el callado lodo de la charca, la revoltosa gaviota matutina y el murciélago noctámbulo, las exquisitas uvas de los verdes viñedos y el jornalero escarabajo, el niño de teta y la anciana desdentada, la claridad, el otoño y la hora de duermevela.

En alguna tarde bañada por la lluvia, descalza me recuesto sobre el musgo y busco bajo mis pies el lodo. Escucho el sonido del silencio estrellándose en las piedras, ataviadas con delicado moho. Observo a la afanosa araña, tejiendo ilusiones en círculo, limpiando alguna lágrima de uno de sus tantos ojos con una de sus muchas patas, yo también tejo ilusiones con la seda de lo feo, lo feo de mis miedos, lo feo de la espera, con la sedosa ironía de la belleza. Y entonces imagino, que tal vez en algún momento, esta parte del universo haga su propia pasarela, donde el cuervo presuma el negro azulado de sus alas, el búho coquetee con sus grandes ojos a la musaraña, las ratas muestren sus abrigos de piel, el manatí reparta besos con su moco colgante. Las estrellas fugaces serán los diamantes del negro velo de la noche y yo seré la dama hermosamente adornada con arrugas, manchas y granos en la piel.

Tal vez, lo feo sea el resultado del cansancio de la belleza.

Insignificancias y monólogos en el lavadero

José García

Cuando Pedro mi novio comienza a hablar, es punto de no retorno.


Cada vez que me acompaña a mi casa es grato, seguro, respetuoso, siempre y cuando no hable; si no es un tema, es otro, pero todos son para encontrarle uno o muchos defectos.

La ultima vez comenzó con sus mentados rollos de ecología y medio ambiente:

Sandrita, imagina un hoyo negro, el hoyo es llamado evento y el punto de no retorno para antes de caer por siempre en él, es llamado horizonte del evento...

En un tono soberbio exponía su hipótesis de lo que creía que postulaban los científicos de verdad, sobre lo que él tiene por hobby, mientras la pobre de Sandrita buscaba en lo hondo de su cabeza cómo callarlo para poder disfrutar el camino de regreso.

...pues igual, pero más dramático sería en la cuestión ambiental por que tarda mucho más tiempo el llevarse a cabo todo ese proceso...

¡Quería desaparecer!

...el evento sería el fin de la humanidad como la conocemos debido al abuso de los ya pocos recursos naturales y tomando en cuenta la escasez de alimentos que se viene encima en México por no ser auto suficientes en cuestión agraria y soberanía alimentaria...

Y si no fuera suficiente con eso se mete con tantas cosas, que me pierdo en todo eso que realmente no me interesa.

...y el horizonte de evento fue por el 85, más o menos, es algo en lo que no he profundizado y bla, bla, bla, bla, verdad no quiero por que bla, bla, bla, y de seguro los culpables bla, bla, bla...

Sigue y sigue y no para. Sandrita entendía todo, pero realmente me? exaspera el tener que escuchar esa cantaleta todos los días, y más si apenas puedo estar con él solo en esos momentos.

Finalmente me hartó y le digo:

Mira, cuando esa crisis se desate y tú tengas un lugar en el que pueda ir, llevar a mi novio, al hijo que tendremos, mi hermano, su mujer, mi papá y a mi mamá, ese día vamos y nos ponemos a hacer todo lo que sepas hacer, para que aprendas todo lo posible. Mientras voy a hacer lo que tenga que hacer para estar bien.

Desconcertado dejó pasar el trago amargo de lo que acababa de escuchar. Tomó un poco de aliento y disimulando un ligero tartamudeo, el muy desgraciado se atrevió a decirme:

Pues te voy a decir lo que le digo a otras...

Y como si fuera a decir una grosería.

—¡Hablas como mujer!

—Pedro, cállate.

Tu palabra vale

Socorro Berenice Fajardo Cuéllar

El hombre vale por su palabra


En muchas ocasiones se ha manifestado en los hogares, donde instruyendo a los niños acerca de la importancia de cumplir con su palabra, si se compromete el niño a realizar algo, cualquier cosa por muy simple que ésta sea, debe cumplir su palabra, no importando la edad, efectuará cabalmente cualquier compromiso, es muy importante que desde meses de edad, el infante empiece a escuchar, para que de esta forma, se empiece a familiarizar tanto de comprometerse como a cumplir, manera será en un futuro una persona confiable, porque sabrá ser responsable ante algún acuerdo, que por gusto o por obligación, se comprometa a cumplir alguna encomienda.

La educación se inicia desde que el individuo requiere de los máximos cuidados maternales, ya que es muy sabia la frase: la educación se mama, así que la preparación académica, que se adquiere dentro las aulas, es parte de, osea que es sólo una parte, no, un todo, por lo que la educación en sí, depende totalmente de los padres o tutores del(los) infante(s), hasta que los entregan literalmente a las escuelas del lugar, donde va a recibir sus primeros conocimientos que lo prepararán a realizar el mejor papel a nivel profesional, si es un excelente estudiante, que no es sinónimo de que lo sea sólo por el hecho de haber memorizado con punto y coma, cada resumen que aprendió en sus salones de clase o por haber obtenido siempre, la calificación tan anhelada de leer en sus boletas de calificación: ¡10!, no, ser excelente es, entender un texto leído, comprender y poder hacer una síntesis de un capítulo leído, es mejor comprender que aprender de memoria.

Pero sí bien es cierto, es muy importante haber obtenido una educación de calidad, en cualquier escuela, ya que las excelentes calificaciones, no dependen ¡NUNCA! de que en la escuela laboren los mejores profesores o sea la mejor o más prestigiada institución educativa, de cualquier localidad, sea rural o de vanguardia, ya que el 100% depende de la capacidad intelectual de cada alumn@, pero se debe reconocer que el papel prioritario lo jugaron los padres, por la calidad de educación, que proporcionaron a sus hijos, porque así como hay padres de familia que se mofan de que sus niños, que apenas empiezan a hablar algunas palabras, ya se les escuchan palabras altisonantes, así hay niños que les nombramos prodigio, por la gran calidad para hablar o hacer comentarios de gran madurez siendo precoces.

Así como nos asombran niños con alto coeficiente intelectual así nos asombra sobremanera el escuchar a bebés, con lenguaje carente de cultura. Por lo que es fácil deducir que adolesce de lenguaje culto, es sinónimo de falta de responsabilidad, por lo que desde niño, se puede decir un proverbio dominio público: al verlo, se le ven las zancas al pollo, tanto para desde poca edad se puede ver, que en edad adulta, será responsable o imprudente.

Hablando de hombres responsables, a continuación, una anécdota que nos enseñará, acerca de la responsabilidad y también de honestidad, dos palabras que van de la mano, al menos en esta historia, que no es otra cosa que una lección de vida:

En el rancho La Alcaldía de Alferio, que se encuentra en la sierra de Campeche, cuenta con tan sólo 150 habitantes aproximadamente, por lo que es verdaderamente una maravilla, que se pueda tener de ese lugar una historia de vida ¿verdad? Bueno, ahí es avecindado un próspero hacendado, que tiene a su mando alrededor de 120 parcelas, por lo que en un día cualquiera, pero en tiempo que es destinado a sembrar las tierras, que se prepararon con antelación, Agatópodo un hombre con 10 hijos y una esposa que la consideran machetito de palo, por sermoneadora, pués él fue a la hacienda Atlixco, para gestionar ante Don Anatolio, la obtención de 3 medidas que es un cubo de 20 centímetros por cada lado), de grano de maíz, para sembrarlo a la voz de ya, porque estaba por terminar el tiempo para hacerlo, de lo contrario no se lograría la producción y sería un fracaso la siembra.

Al llegar a la hacienda, Agatópodo caminó rápidamente hacia la sala de equipales, que se encontraba en la entrada principal a la casona.

—¡Buenos días! —saludó con cierta timidez.

Ahorita viene Don Anatolio, aquí lo estaba esperando y entró por unos momentos ¿gusta sentarse para esperarlo? —comentó el señor Hipólito, quien era el jardinero de la hacienda.

Tan sólo como 30 segundos esperó medio intranquilo a Don Anatolio, porque apareció en el umbral de la puerta.

—¡Buenos días Agatópodo! —saludó alegremente Don Anatolio. —¿qué te trae por aquí?

—Mire que, pués vengo a pedirle de favor que me preste 3 medidas (de maíz, por el temporal de siembra está por terminarse y pués ya vio don Anatolio, lo mal que me fue el año pasado con el maíz . . . —argumentó Agatópodo, rascándose la cabeza.

—Y mire que cuando coseche y esté listo el grano, vendré a entregarle las 3 medidas de maíz en grano —finalizó Agatópodo.

—Mira que vienes de suerte porque sólo te estaba esperando porque voy a ir a arreglar un asunto a San Jerónimo Xayacatlán, con Don Plutarco y Camocuautla, estaré por allá como 3 semanas. —le anunció a Hipólito.

—Pero mira, escúchame con atención, ya que quieres que lo preste, quizás te lo hubiera regalado, pero respeto tu deseo. Ve al silo (bodega de granos, puede ser trigo, frijol o cualquier grano) y toma 3 medidas de grano de maíz, la medida que tú pediste, ésa te daré, tu boca midió la cantidad y como dices, espero que te acuerdes de este hombre cuando sea el tiempo de tu cosecha, así que ve, trabaja la tierra, deseo para tí mucha suerte, aquí te esperaré y discúlpame . . . pero debo irme ya —finalizó con Don Anatolio su plática con Agatópodo, saludándolo de mano, con una gran sonrisa en su rostro.

Agatópodo, fue al silo y tomando las 3 medidas de granos de maíz, los puso en su morral y se fue a trabajar su tierra.

Pasó el temporal de sembrar, primero se vieron en la parcela la flor de maíz, en fin, Agatópodo, tuvo una buena cosecha y apartó el grano, pero si algo hizo, fue no acordarse y cumplir su palabra empeñada a don Anatolio. Cuando fue el tiempo de la siembra, fue por su grano y estaba lleno de gorgojo, así que inmediatamente se acordó de Don Anatolio y fue a su hacienda, lugar donde el rico hacendado lo recibió con una gran sonrisa en su rostro, con gusto le saludó, y al cuestionarle el motivo de su visita . . . Agatópodo nuevamente rascándose la cabeza, como la vez anterior, pero ahora con vergüenza —ah! Sí la conocía- le pidió ahora 2 medidas de grano de maíz.

Mira Agatópodo ve al silo, que bien sabes dónde se encuentra y toma las medidas que dices, tu boca midió la cantidad. —le comentó Don Anatolio sonriente.

Agatópodo, fue al silo. al verlo cerrado con una gruesa cadena, con un nada pequeño candado, puso cara de asombro y rápidamente se dirigió a la casona. Don Anatolio, quien se encontraba sentado tranquilamente en un cómodo equipal.

—¿Qué te pasa Agatópodo? —Preguntó don Anatolio

Esque el silo está cerrado —contestó abrumado y bañado de sudor, pués había recorrido como un kilómetro casi desde el silo hasta la entrada de la casona.

Mira, debo decirte, que tú mismo te cerraste el silo, porque dijiste que me ibas a entregar las medidas que te presté el año pasado, pero no me pagaste las 3 medidas ¿cómo es que puedo prestarte otras 2 medidas, si no me regresaste las primeras que te dí?

—Disculpe la molestia, Don Anatolio. —le dijo Agatópodo, retirándose enrojecido por la pena.

El hombre vale por su palabras, si algo prometes cúmplelo, ya que serán tus palabras quienes continúen manteniendo abiertas las puertas de cualquier necesidad o las cerrarás de forma definitiva.