Mi unicornio azul ayer se me perdió,
pastando lo dejé y desapareció…
Silvio Rodríguez
Eduardo M. Lázaro
Era mediodía cuando Nina, Ofelia y Loreta, lanzaban avioncitos de papel hacia el patio de la escuela dónde jugaban los chicos a la pelota. Desde el segundo piso las jovencitas reían por sus travesuras, mientras Nina con el rabillo del ojo veía a César, el chico de cabello largo y rizado que le gustaba.
Sonó el timbre y todo el enjambre de estudiantes se precipitó de nuevo a las aulas, con una algarabía que poco a poco fue desapareciendo mientras se dirigían a sus lugares.
Mas tarde, regresaban a casa las tres amigas entre risitas y bromas. El sol apenas hacía mella en sus juveniles cuerpos y el sudor les escurría en pequeñas gotitas titilantes. Al llegar a una casa grande, pintada de color marfil, Nina se despidió de sus amigas, saludando con una paleta de caramelo en la mano. Recorrió un pequeño caminito flanqueado por césped recién podado y llegó hasta la puerta de su casa. Volvió a introducir el caramelo en su boca y con una mano abrió la puerta.
-¡Ya llegué, mamá! –gritó, mientras subía corriendo las escaleras, canturreando una melodía de moda.
-Está bien, ya casi está la comida –contestó su mamá desde la cocina.
Al llegar a su recámara entró su gata Moni corriendo y enredándose entre sus pies comenzó a ronronear. Tiró la paleta en un depósito de basura, levantó a Moni y la llevó abrazada hasta la cama. Lanzó sus libros a una mesa y se tendió a un lado de la gata. Sin embargo hacía calor. Se levantó a abrir la ventana que daba hacia el jardín trasero de la casa que lindaba con el río. Al pasar por el tocador se detuvo un instante para ver su rostro e hizo algunas muecas coquetas frente al espejo. Su rostro pecoso y ruborizado por el calor, resaltaba su inocente hermosura. Se dirigió a la ventana y la abrió. Una brisa fresca inundó la estancia y llevó hasta ella el olor de las flores salvajes que crecían en la ribera del río. Ahí se quedó por un instante disfrutando de la frescura del viento, hasta que descubrió un movimiento en el fondo del jardín. Había algo que se movía por entre los árboles y que llamó intensamente su atención por el color tan peculiar que tenía.
Se agachó un poco para ver por debajo de los árboles lo que se ocultaba. Era algo de un color azul intenso. Perecía un caballo, pero ¿azul?
Su corazón dio un respingo. Salió de su recámara y rápidamente bajó las escaleras de dos en dos y se lanzó hacia el jardín.
-Nina, ya está la comida –le dijo su mamá cuando la escuchó pasar.
Ella no contestó, pues su atención seguía puesta en lo que acababa de ver desde la ventana de su recámara.
Se fue acercando de puntitas hasta que llegó a unos pasos de lo que parecía ser un caballo azul. Se quedó petrificada. Su corazón latía aceleradamente. No era un caballo azul, sino un unicornio azul. Un animal mitológico que nunca había sido considerado real y ahora estaba ahí, en su propio jardín y al alcance de su mano. Se tapó la boca para no gritar de emoción.
El unicornio no se inmutó en lo más mínimo con la presencia de la niña; de hecho, parecía disfrutar de su compañía. Seguía comiendo parsimoniosamente el pasto verde que le ofrecía el jardín, mientras la miraba con unos enormes ojos índigos y unas pestañas que se movían al compás de su hocico al mascar la hierba. Pudo verlo con todo detenimiento. Era un animal realmente hermoso y superaba la fantástica imaginación de Nina.
Su color era de un azul intenso con pequeñas motas azules un poco más tenues en el lomo y la grupa. El cuerno añil contrastaba con su crin de un azul pálido casi blanco. Sus ojos de un azul zafiro profundo como el mar. No era muy grande, más o menos una altura entre un caballo y un asno.
Nina regresó corriendo a su casa y entró a la cocina por un terrón de azúcar. Su madre iba a decir algo, pero Nina fue más rápida y salió como una exhalación antes de darle la oportunidad a su madre de un reproche. Llegó corriendo a donde el unicornio. Se acercó y extendió su mano con el terrón de azúcar. El unicornio dio un paso y olfateó, con su belfo tomó el regalo mientras la miraba agradecido.
Se acercó un poco más y toco su cálido lomo, era tan suave como el terciopelo, después recorrió su mano hacia su crin, metió sus dedos sobre la melena y la tersura la dejó maravillada, tenía la textura de los cabellos de un niño recién nacido. Su único cuerno se erguía desde su frente y salía formando un espiral. El añil del cuerno era extraordinario. Sentía su respiración sosegada y los músculos poderosos de sus patas se movían con suavidad.
Comenzó entonces a hacerse varias preguntas: ¿Cómo llegó ahí? ¿Tendría dueño? ¿Se podría quedar con él? ¿Alguien lo estaba buscando?... Entonces recordó vagamente algo que tenía que ver con un unicornio, pero no recordaba dónde. ¿Sería en el periódico mural de su escuela?- No, ahí no. ¿En la televisión?, -No, tampoco. De pronto lo recordó: -En los panfletos. ¡Claro! en los panfletos que ella y sus amigas habían utilizado para hacer los avioncitos de papel. Ahí estaba la respuesta. Recordó que los panfletos los había recogido su amiga Loreta, cuando por la mañana se dirigían a la escuela. Y después distraídamente habían hecho los avioncitos para tirarlos a los chicos desde la planta alta. Pero antes Nina los había visto apresuradamente y hablaban sobre un unicornio extraviado, eran esos panfletos que se pegan por todos lados para encontrar a alguien que se ha extraviado, en ese momento pensó que era una broma, pero ahora tenía sentido todo aquello.
Dejó al unicornio y salió entonces de su casa. Apenas tuvo tiempo de mencionar algo a su mamá cuando la increpó sobre su comportamiento y antes de esperar una respuesta salió corriendo por la puerta principal a la calle. Se paró en el primer buzón que encontró, y efectivamente como había esperado, ahí estaba un panfleto pegado con cinta. Lo despegó con cuidado para no romperlo y se lo llevó a casa. Lo dobló cuidadosamente y lo escondió en su ropa. Llegó directamente a comer para no levantar sospechas. Comió tan pronto como pudo y regresó a su cuarto. Puso el panfleto sobre la mesa y lo leyó cuidadosamente:
DESAPARECIDO
Se Busca unicornio azul
desaparecido el día de ayer
Recompensa:
Cien Mil o un millón
(de Amor)
a quién de información
de su paradero
Informes con SILVIO
Tel: ….
El panfleto tenía la copia de un unicornio, pero no era muy buena, como siempre sucede cuando intentas copiar una fotografía. Manchada, sin mucho detalle, pero sin duda la fotografía del unicornio que estaba en el jardín trasero de su casa.
Eso significaba que el unicornio tenía dueño y era un tal Silvio, que nombre tan raro, -pensó -¿quién podría llamarse Silvio en este tiempo?, -en fin, debía de tomar una decisión…
Después de pensarlo un poco, llegó a la conclusión de que el unicornio debía encontrarse un poco triste al igual que su desesperado dueño. Y que no tenía caso postergar lo que era inevitable. Tomó el auricular y con el borrador de un lápiz marcó el número que aparecía en el panfleto. Se oyó una voz al otro lado de la línea.
-¿Silvio? -preguntó Nina
-Sí –contestó la voz
-Lo encontré.